El optimismo es imprescindible: hace que la balanza nunca se incline por el peso de los problemas, que aparecen sin avisar, ni de los grandes y pequeños conflictos que salpican la convivencia diaria, ni de las malas rachas, que las hay y, a veces, duran demasiado, ni de los mil quebraderos de cabeza, esos que sólo conocen los que son padres. Porque el optimismo es una fuerza que desafía la ley de la gravedad y nos impulsa hacia arriba.
El optimismo nos da la fuerza suficiente para resistir los avatares que conlleva ser padres. Nos hace convertir los problemas en oportunidades, los fracasos en peldaños hacia el éxito, las equivocaciones en aprendizaje. No nos permite mirar atrás, sino siempre hacia delante, porque educar a nuestros hijos tiene que ver con el futuro, con el suyo y el nuestro. Los padres no nos podemos permitir el lujo de ser pesimistas, por muy graves que sea los problemas, lo serán más si nos dejamos vencer por el pesimismo. El optimismo no es un placebo, sino una actitud que cura más que todas las medicinas. (Tomado de una publicación)